Seguidores

lunes, 27 de julio de 2015

Carta a un amigo.

Buenos días amigo:

Tan solo hace tres días que te fuiste pero se han hecho un mundo, y es paradójico porque los veinte años que has estado físicamente con nosotros se han pasado en un suspiro.

Parece que fué ayer cuando aquel 29 de Septiembre del 95 aterrizabas en casa. Venias de aquella pequeña tienda de animales en la calle de Pedro Laborde, en Vallecas, por aquel entonces no había tantas fundaciones ni albergues de protección de animales donde adoptar una mascota y fué en este local donde decidí ir a buscar a la nuestra, y donde te encontré.

También es curioso, hace veinte años no había tantas protectoras pero lo que si existía ya era esa discriminacion que los seres humanos tenemos en los genes y que trasladamos a todo lo que nos rodea, aún recuerdo cuando te vi en el escaparate, metido en esa urna junto a los otros dos gatitos atigrados que te acompañaban, como un par de niñas que apoyaban sus naricillas en el cristal de la tienda y marcaban con sus dedos manchados de chocolate sus huellas en él comentaban aquello de: "que bonitos los claritos  mamá, y que feo ese blanco y negro de la mancha en la cara, parece que está sucio". Esa fué la frase que terminó por convencerme de que tú te ibas a convertir en el tercer miembro de nuestra recién fundada familia, porque, tan solo dos meses antes tu mami Isabel y yo nos habíamos casado.

"No puedo venderlos con menos de dos meses" me dijo el empleado de la tienda de animales, con lo que, automáticamente se te concedió la fecha de nacimiento "oficial" el 29 de Julio, aunque quizá tendrías algún día más, pero era un detalle sin importancia y poníamos rumbo a tu hogar en tu cestita de mimbre.

Qué curioso eras, llegamos a casa antes que la amita y cuando llegó ya te habías pateado cien veces la casa, (también hay que decir que no era muy grande) pero tu curiosidad no tenía fin, y tu sorpresa cuando llegó Isa y de un brinco y dos enganchones te plantabas en lo alto de la cortina de la terraza con la misma velocidad que te bajaba la amita fué la primera toma de contacto con la que hasta ese momento era la familia al completo. 

Crecías, rápido y fuerte. Tu lazo con tu amita (tu mami) era especial, cada vez más estrecho. Ella te alimentaba y tú la obsequiabas con tus besos todos los días en vuestros ratos de tranquilidad en el sofá, era una delicia veros, si hubieras sido un hombre de verdad tendría que haberte vigilado de cerca porque vuestra relación siempre ha rozado lo peligroso 😉.



Pasaron los primeros años y en Mayo del 99 nacía David, tú ya tenias casi cuatro años y resultaba curioso, casi podría asegurar que fuiste el primero en detectar que la amita estaba embarazada. Hasta ese punto llegaba vuestra conexión. Los papeles hasta ese momento estaban perfectamente definidos. La amita te alimentaba y te daba los mimos, yo era el que te daba los juegos y tú los besos a ella y los arañazos a mi. Todos éramos felices y la llegada de David nos completaba como familia, tú en el papel de hermano mayor rompías todos los moldes de los comentarios de la gente que decía que tuviéramos cuidado porque los gatos sois muy traicioneros y lo mismo, en un ataque de celos atacabas al niño, nada más lejos de la realidad, siempre te mostraste curioso y vigilante por su bien. Hablan de los perros y su fidelidad, no la discuto, pero la tuya desde luego tampoco.



Seguía pasando el tiempo y todos crecíamos y madurábamos juntos en perfecta armonía. Nos mudábamos de casa y te adaptabas a la perfección, hasta que a los doce años de edad una infección en tus riñones nos ponía a prueba, sobre todo a tu ángel de la guarda, tu mami Isa, que la lograba detectar a tiempo y te ponía en manos de tu otro Ángel, el veterinario, que frenaba la infección y te recetaba un tratamiento para el resto de tus días, pero que mantuvo tu riñón restante en perfecto funcionamiento. Fué una temporada difícil pero juntos la superamos.



A los años llegó una segunda mudanza y te acostumbrabas a la nueva casa como si hubieras vivido allí desde siempre. Que carreras te dabas por el salón y su largo pasillo persiguiendo a David, tocándonos los talones buscando esa carrera detrás tuyo (la familia está claro que es de corredores natos), escondiéndote y haciendo emboscadas para que te cogiéramos y te diéramos una paliza jugando.

Y en los momentos malos nuestros, siempre has estado al lado, cuando nos has visto mohinos con algún dolor o pena. Esos dolores de tripa de la mami, o la convalecencia mía cuando me hice aquel esguince tan chungo en esa trialera... siempre has estado cerca para darnos ese calorcito y bienestar que en ocasiones demandábamos.

Han pasado los años y en estos últimos meses tu luz se iba debilitando. No tenías ninguna enfermedad, sino el irremediable paso de los años que no perdonan y llegó el momento de tomar la decisión que nunca hubiera querido tomar, la más difícil de mi vida, para evitar que en ni un solo momento de tu vida tuvieras que sufrir, ni te llevaras ninguna mala sensación.

No sólo nos has dejado tu compañía, alegría, cariño... nos has enseñado a ser mejores personas, más humanas y sensibles e incluso hasta el último momento nos has enseñado a ser fuertes, a pesar del dolor de ver partir a un amigo, de presenciar los últimos compases de tu corazón. Quisimos estar contigo como tú has estado con nosotros, como tú, habrías hecho con nosotros.

Has dejado un gran hueco en casa, no te imaginas lo que te extrañamos, pero has dejado nuestros corazones inundados de tu recuerdo, de tus juegos y alegría, y sabemos que has sido feliz hasta el último instante de tu existencia.

Ya no tenemos tus huellas por casa, esas se quitaban pasando la fregona, pero la huella que has dejado en nuestros corazones permanecerá grabada a fuego hasta nuestro reencuentro, allá donde te encuentres.

Panduchi, pasaste de ser una simple mascota de una tienda de animales a ser un miembro más de nuestra familia, único e irremplazable.

Gracias por todo amigo.